Una mujer testigo y protagonista de una época dorada de la literatura

Una estatuilla de los argonautas prede la biblioteca de Graciela Maturo. Es un premio a su trayectoria, pero está allí por más que esa sola razón. Las dos figuras que la componen, y que se mantienen en un equilibrio inestable sobre un barco, están allí porque con ellas Maturo se identifica. Son Orfeo con una lira en sus manos y Jasón con un remo, dos de los protagonistas de la antigua leyenda griega: aquella que cuenta la peligrosa travesía que cumplieron junto a otros marineros en busca de un vellocino de oro, una tarea imposible que les habían impuesto en realidad para librarse de ellos, y de la que salieron victoriosos gracias a la ayuda de aliados inesperados. La propia travesía de Maturo está a punto de cumplir 94 años. Un fructífero recorrido, no exento de dificultades, que llevó a esta poeta, investigadora en letras, crítica literaria y docente universitaria a ser testigo y protagonista de una época dorada de las letras y de la cultura argentina, en la que también encontró amigos inesperados, como Julio Cortázar, Leopoldo Marechal, Ernesto Sabato y tantos otros. En una entrevista con La Prensa, evoca su singular historia, su trayectoria y sus vivencias.

Con paso cauto pero seguro, Maturo (Santa Fe, 1928) se desplaza por su departamento del barrio de Palermo para ofrecer un muestrario de los libros que escribió, que en total son más de una treintena. Los desplegó en una gran mesa oval de su sala de estar. Una mesa donde trabaja y escribe muchas veces a mano, llenando «montones de cuadernos», a pesar de los varios escritorios que acondicionó para tal fin en diferentes lugares y nunca usa.
«¿Por dónde empiezo?», pregunta, mientras abre los brazos como quien invita a probar algo de todo el banquete que preparó para el invitado. La escritora, que sorprende al confesar que de joven había soñado con ser bailarina, comienza por sus libros de poesía, que fueron los iniciales.
Del primero, Un viento hecho de pájaros (1958), cuenta que se publicó en Córdoba y que de él «hubo una traducción al francés muy bonita que hizo Pablo Urquiza, un argentino que vive en París». Después se referirá brevemente a Habita entre nosotros, que fue premiado en Mendoza y que contiene citas de Fray Luis de León, Antonin Artaud y Sartre.

FILOSOFIA Y MISTICA
Afuera la ciudad se mueve al ritmo cansino de la tarde. Maturo permanece largo rato de pie, repasando pormenores de la publicación de sus libros. En cierto momento, toma entre sus manos El mar que en mí resuena, que firmó como Graciela de Sola, el apellido de su marido. Pide permiso para recitar un poema y su voz recortada sobre el silencio parece suspender el tiempo.
«Siento el pavor de un reino que no me pertenece/ pero busco sus huellas./ Señales, talismanes,/ estamos anudados por un pacto secreto», lee. «Por esos lados anda mi poesía», dice al concluir. «No es muy descriptiva. Tiene una vertiente más filosófica y otra más mística».

Maturo, que es doctora en Letras, confiesa haberse alejado del mundo de la crítica literaria. «Me he ido separando de los críticos, de los cultores de la teoría del signo, que son en muchos casos eminentes pero no cuestionan que la palabra no es meramente un signo convencional y arbitrario. Eso es un concepto muy limitado», asegura.
«Esto lo digo con todo respeto personal por lingüistas y semiólogos. Nunca he mezclado las cosas. Siempre pienso en las divergencias políticas y en qué fraternal era antiguamente el encuentro en una mesa con amigos de muy distinto pensamiento. A mi casa venían comunistas, socialistas, liberales, peronistas. Siempre había respeto mutuo. Quizás porque los ambientes de provincia lo reclaman», arriesga.
«Ojalá podamos vivir en el país alguna etapa de armonía, aunque yo no pueda verlo ya», reflexiona, en la primera de las veces que esa preocupación asomará.

La poeta y ensayista tiene una larga trayectoria. Ha recibido numerosos premios (aunque ella aclara que «ninguno internacional»), sus libros se tradujeron a varios idiomas, como francés, italiano, griego, chino o gallego, y también fue miembro de varios jurados, entre ellos el Rómulo Gallegos, «un honor muy grande», asegura.
Mientras dice esto recorre su larga biblioteca que, aclara, no es la única. Hay otras repletas de libros que ha ido dejando en diferentes lugares: en un estudio que armó a cuatro cuadras de distancia y que nunca usó («no conviene tener un estudio fuera del hogar», aconseja), en su antigua casa de la ciudad de Mendoza donde ahora vive uno de sus hijos y en una casa de veraneo no muy distante de ese lugar. También en otros cuartos de ese departamento.
No sabe cuántos volúmenes tiene en total. Pese a la abundancia, acota: «Soy persona de relectura, más que de lectura. Me gusta releer las líneas que ya he frecuentado».

NOTABLES
En los estantes, los libros de antropología, mística y filosofía conviven con artesanías iberoamericanas y con fotos de ella junto a Cortázar, Alejandra Pizarnik, Eduardo Azcuy, Antonio Di Benedetto o Gabriel García Márquez. Hay también una primera edición de El tamaño de mi esperanza, de Borges, libro que el escritor prohibió de sus obras completas, y que le regaló a ella un amigo ya fallecido, «como tantos que se han ido ya».
Los ejemplares «notables» los conserva en un cuarto adyacente, al que llama «presunto» estudio, porque poco lo usa. De allí extrae uno que recorre con dedos cuidadosos, La Argentina, de Ruiz Díaz de Guzmán. Luego toma La crónica de las Indias occidentales, de Rómulo Carbia, al que califica como «un estudioso en serio de la literatura indiana» y, cuando llega al historiador Enrique de Gandia, apunta: «Se ha dicho de él que era poco científico y otros juicios similares. No lo estiman. Pero el revisionismo culminó con él. Porque después vinieron otras generaciones que tienen poco aprecio por el revisionismo. Después vino un revisionismo más político, más de izquierda».
Cae la tarde y los ruidos del tráfico irrumpen por primera vez en la sala de estar, donde Maturo habla de otros libros que allí atesora, como los del filósofo Vicente Fatone, un gran estudioso de la mística y de la historia de las religiones.

– Usted ha llevado una vida dedicada a la actividad intelectual. ¿Qué le ha dejado?
– Esta actividad ha sido Siempre fructífera para mí. Me ha acercado a mucha gente. Y me ha acercado, sobre todo, a la ausencia y la presencia de Dios.
– ¿Le sirvió también para una búsqueda personal?
– También. Pero uno no es tan importante. alguna luz pasa por lo que uno escribe generalmente no es propia. Le contesto con palabras de Marechal. Marechal se pasó puliendo primero los aspectos de la búsqueda en el ser humano. Sin embargo, en los tiempos de lo que él llamaba su «exilio interior», cuando se refugió en su departamento, cuando sus grandes amigos como Borges lo negaban, entonces se dedicó a las lecturas bíblicas. El se dio cuenta de que no todo era buscar. También era esperar. Y para esperar no hay que buscar.
– Bueno, es que antes de que nosotros decidamos buscar, ya éramos buscados… desde lo alto.
– Ahí está (risas). Veo que coincidimos en las cosas grandes.
– ¿Para qué más sirven la lectura y la escritura?
– Sirven para abrir caminos, horizontes. Desde los papiros egipcios hasta la época del humanismo ha do la escritura la que ha desenvuelto un ciclo que parecería haber caducado para muchos jóvenes que lo han sustituido por el celular.
– ¿Es posible pensar que los jóvenes vuelvan a enamorarse de la literatura?
– Sí, siempre hay posibilidad. Yo dediqué muchos libros a hablar muy críticamente de la era técnica, de los celulares, pero creo que nada ha ocurrido porque sí. No se mueve ni una mosca n que Dios lo permita. De modo que hay que entenderlo como posibilidades del hombre. Incluso esta etapa tan arriesgada que se llama modernidad occidental, que podría llamarse «el mal», también debe ser considerada y valorada. El que marcó ese rumbo de valoración de Occidente, y de su historia y de su etapa más oscura, que sería la etapa técnica, la cibernética, es Martin Heidegger. Yo también escribí sobre la decadencia de Occidente, sobre el paso atrás, que es una expresión de Heidegger. El paso atrás es la visión del nazismo. El dice que también el mal debe ser reconsiderado desde un pensamiento de opuestos. Esto es algo que ya lo veían los griegos. En sus mitos están los titanes, uno de los cuales es Prometeo, que es el que progresa (y que es emblema hoy del progresismo), y el otro es Epimeteo, el que regresa.
– ¿En nuestro país hace falta Epimeteo?
– Debería haberlo. Hace un tiempo se proclamaba el fin del progresismo. Pero en verdad el progresismo lo han bebido figuras de los distintos partidos políticos actuales. Suscriben lo mismo, cultural y espiritualmente.
– La clase política actual coincide en aceptar las modas o imposiciones que llegan desde afuera y que lo uniforman todo. ¿No explica eso, de alguna manera, la decadencia de Argentina? ¿No explica el desarraigo que está sufriendo la Argentina, la pérdida de su propia identidad?
– Sí. La identidad, la alteridad, la complejidad, las tradiciones.

LEER BIEN
– Vuelvo a la lectura. Hablamos ya de lo que puede aportar al hombre. Usted fue docente durante muchos años en la facultad de Letras. ¿Qué es leer bien?
– Leer bien es comprender, descubrir y, sobre todo, irse transformando uno mismo. Porque uno se va nutriendo a través de la lectura, especialmente de los grandes autores, que son desde Heráclito hasta Dostoievski o Thomas Mann, o más sencillos como Evaristo Carriego, a quien dedicó un homenaje tan profundo nuestro Jorge Luis Borges, que es un enorme maestro.
– ¿Considera usted que ha decaído el nivel de lectura?
– Por supuesto. Ha decaído completamente. No solo la cultura escrita. También la artística, la religiosa, la espiritual. Todo ha decaído. El que no empiece por aceptar la decadencia propia y la de sus connacionales no tiene posibilidad de despertar a algo profundo, a ese regreso del que hablábamos.
– ¿Ese derrumbe se acelera en los últimos años?
– Sí, sí, se aceleró bastante.
– ¿Cuáles son las principales falencias que ve hoy en la lectura de los jóvenes?
– Bueno, lectura de libros no hay. Salvo en muy contados casos. Suele tratarse de hijos que han mamado la cultura en sus casas.
– ¿Eso también lo ha visto en la facultad?
– Sí, claro. Sobre todo, en las universidades religiosas. Cuando fui a dar clases allí pensaba que hablar de símbolos en una universidad religiosa podía ser lo normal. Dije: lo que me costaba tanto en la UBA, acá va a ser «miel sobre hojuelas». Pero no. Tampoco en estas universidades hacen lugar a la palabra como símbolo y siguen dando lugar prioritario a la lingüística y la semiología. Llegué a revalorar la Universidad de Buenos Aires porque allí los alumnos por lo menos leían, preguntaban, mientras que en las privadas nunca les veía los ojos porque tomaban nota hasta de mis suspiros n plantear jamás una pregunta.

EXIGENTE
Atrás queda la infancia de Maturo en Paraná, y su traslado a Mendoza, provincia a la que llegó en 1947, con 18 años, y donde continuó sus estudios en la facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Cuyo. Llegó siguiendo a su marido, el eminente poeta Adolfo Sola González, al que considera su maestro. Un maestro exigente.
– ¿Era muy riguroso?
– . A veces tomaba un poema mío, lo leía, y con un lápiz subrayaba un verso, a veces dos, para luego decir: Esto es muy bueno. Todo lo demás lo podés tirar (risas). Entonces yo empecé a enviar mis trabajos a algunas otras personas, a algún concurso. Yo leía a Carlos Mastronardi, gran poeta entrerriano. El no es el patrón de la metáfora deslumbrante. no el de un habla muy cauta, muy cuidada. Y eso a mí me encantaba. No me gusta la poesía del ingenio deslumbrante. Lo cual no quiere decir que no la valore.
– A Mendoza habían ido porque Sola González iba a ocupar la cátedra de literatura francesa que había dejado Cortázar. ¿Fue ese el comienzo de su relación con Cortázar?
– No, en ese momento no lo conocí personalmente. Cortázar, a quien yo ya había comenzado a estudiar, no tenía mucho que ver con la atmósfera comprometida de la Universidad de Cuyo. Lo conocí por cartas. El estaba en París. Era traductor de la Unesco. Le escribí al Consulado.
– ¿Por qué le escribió?
– Porque me interesaba su obra y quería hacer un estudio. A partir de Rayuela me empezó a interesar toda su obra y, de hecho, con el tiempo escribí dos libros sobre él, Julio Cortázar y el hombre nuevo y Razón y revelación. El respondió a mi carta con un mes de demora, porque él viajaba mucho en esa época con Aurora Bernárdez. Más tarde empezamos a frecuentarnos. El venía todos los años a ver a su madre. En una ocasión vino a casa. Eso fue en el 73. Nos conocimos personalmente después de muchos intercambios de cartas. Hay 34 cartas que me escribió él. Están publicadas.

HUSSERL
Dos años después de llegar a Mendoza, en 1949, se produce el memorable Congreso Internacional de Filosofía, al que acudieron filósofos de primer nivel de todo el mundo. En ese Congreso se dio la confrontación entre el pensamiento cristiano de la tradición tomista y la moderna filosofía alemana: la fenomenología existencial de Edmund Husserl. Esta última terminaría desplazando a la anterior.

– La fenomenología dejaría en esa joven estudiante que era usted, y que se dedicaba a aprender también filosofía, una honda huella que impregnaría toda su obra. Pero usted ha dicho tiempo después que luego vio que había caminos muy sólidos de conexión entre esta corriente y el tomismo, como lo puso en evidencia Edith Stein. ¿No es así?
– , Edith Stein, en uno de sus hermosos libros, rescata los lazos ocultos entre el tomismo y la fenomenología. El tomismo, en realidad, preanunciaba racionalmente lo que la fenomenología descubrió y practicó como un realismo intuitivo. A Stein la he leído mucho. Pero me hubiera gustado dedicarme a estudiarla más. Ella es un símbolo viviente de la persecución: judía, conversa al catolicismo, filósofa y monja. La parábola de su vida es maravillosa.
– ¿Fue en Mendoza que usted empezó a ser también docente universitaria?
– Sí. También daba clases en secundario, de latín, literatura.

IDEOLOGISMOS
– Después de Mendoza usted viene a Buenos Aires y tuvo durante algún tiempo horas de clase en la Universidad del Salvador, donde inició su prédica de un nuevo humanismo americano que no renunciaría a la herencia occidental. Y luego está su paso por la UBA, donde fue docente durante cerca de 30 años. ¿En qué época?
– A partir del año 70, cuando tuve un cargo de investigación. Después fui adjunta, asociada y titular de la cátedra de Introducción a la Literatura, que era multitudinaria porque era común a tres carreras: Literatura, Historia y Filosofía. Era una cátedra que tenía 800 alumnos. Estaba dividida en turno mañana y noche.
– Usted habló de su lucha filosófica en la UBA en ambientes colonizados por el cientismo y el ideologismo. Un ambiente no muy receptivo a su mensaje.
– Bueno, de cada curso me venían a hablar dos o tres alumnos. Han conservado el aprecio. Aun me llaman para saludarme.
– Durante su vida ha tratado personalmente a muchos escritores. ¿A Borges también?
– No. No lo traté mucho. Pero sí lo conocí y estuve con él en casa de amigos comunes. En Mendoza, por ejemplo, en la casa de Zuleta Alvarez, que era un nacionalista católico. Pero yo, n coincidir con esa postura, he estado siempre en su casa. Borges alguna vez ha estado allí. También hemos coincidido en Buenos Aires en ciclos de conferencias o en las reuniones que armaban las Paulinas. Sobre él he escrito poco. Siempre con enorme admiración. Porque Borges es un humanista. Hay una anécdota de José Edmundo Clemente que puede resultar valiosa evocar.
– ¿Cuál es?
– Clemente fue el vicedirector de la Biblioteca Nacional cuando estaba en la calle México. Había entre nosotros un aprecio mutuo, un deseo de subsanar distancias. El contó que Borges, cuando murió Marechal, lo tomó del brazo y le dijo: Clemente, acompáñeme que voy acá a pocos metros donde están velando a mi amigo Leopoldo Marechal. Y cuando estuvo al lado del féretro, en uno de esos momentos de soledad que suele haber, dice que Borges hasta lagrimeó un poco y expresó: Nos separó la maldita política. En realidad dijo una palabra más fuerte. Pero es verdad. La política separa a la gente. Mientras que la filosofía, el arte, la cultura, la poesía, son factores de encuentro. Esta anécdota la cuento porque escucharla hace bien. Es valiosa. Es una muestra de que las diferencias que tenían Borges y Marechal en el fondo no eran tan profundas. Sí, he conocido a muchos escritores muy interesantes. De Cortázar he do muy amiga, de Sabato también…

COINCIDENCIAS
– ¿De Marechal también?
– Sí. A Marechal lo he tratado desde el 48, cuando apareció Adán Buenosayres, hasta el 70, cuando murió. El fue a Mendoza en el 67. Estuvo en mi casa. Tengo un libro sobre él que no diría que es el mejor pero sí quiero mucho, Marechal, el camino de la belleza. Es un homenaje para su centenario. Hasta entonces no había ningún libro que abarcara la obra completa de él. Allí hablo de la novelística y hay un esbozo de biografía, aunque yo no soy biógrafa, solo estudio las obras. Elegí los textos que me han parecido claves de la poción estética y filosófica de Marechal. Por eso está su gran libro Descenso y ascenso del alma por la belleza. Es un libro clave. Los que creen que en Marechal hay cosas panfletarias sobre el peronismo están equivocados. Marechal no es un hombre panfletario.
– ¿Es más evidente en él la cuestión sobrenatural y religiosa?
– Por supuesto. Aunque yo descubrí una nota nietszchiana de Marechal. Después me lo confirmó «Paco» Luis Bernárdez. «Los dos éramos católicos, pero él era nietzchiano», dijo.
– ¿Hay coincidencias entre Marechal y Maturo? ¿En su visión filosófica, estética…?
– Sí, sí. Pero, bueno, tengo también algunas pequeñas cosas en que yo voy por otro lado. Pero ahora sería demasiado prolijo aludir a ellas.
– ¿Qué reflexión le merece el contraste entre aquel país donde había tan grandes escritores y esta Argentina de hoy?
– No todo es decadencia. He estudiado escritores actuales, algunos desconocidos, como el poeta y dramaturgo rafaelino Lermo Balbi, que son una joya. En el escritor moderno hay siempre valores que yo trato de descubrir.

Esa consideración hacia el otro, esa estima, pero también su fe, es lo que lleva a Maturo a mostrarse confiada sobre el destino del país. «Yo creo en el hombre y creo también en Dios. El que mueve el ajedrez no es el azar», afirma.
Afuera cae la tarde. En la ventana del departamento asoma un fresno con su copa áurea. Está algo raleada por el avance del otoño pero igual resplandece al ser iluminada por el sol ya menguante.

Por: Agustín De Beitia
Fuente: La Prensa

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