Tekkia sufí, la sorprendende casona de Colegiales con tesoros de Granada, Turquía, Persia, Marruecos y China

A juzgar por lo que contienen sus tres plantas, sus 700 metros cuadrados, su torreta inexplicable, apretada entre dos edificios frente a la mirada atónita de parroquianos del club social del barrio, está allí cifrado, literal, el mundo entero, sin fronteras y sin tiempo, en esta casona de Teodoro García 2851, casi esquina Conesa, en el barrio de Colegiales. De sus paredes, con 11.365 mayólicas que viajaron desde Granada, cuelga una tela antigua que cubría la tumba del Profeta Mahoma en Medina. Un retazo de telón oscuro y bordado en hilos de oro que envolvía la sagrada Kaaba en Meca. Unas 30 obras caligráficas magnéticas, obsequio de Muhammed Panizza, quizás el maestro calígrafo más importante de Latinoamérica. Bajo los pies, alfombras de Persia, el Cáucaso, China, Turquía con diseños floridos que ilustran estancias paradisíacas, y dibujos concéntricos que reflejan cómo todos los caminos, por más vericuetos y zigzags que existan, tarde o temprano, conducen a Dios. “Hasta los albañiles estaban fascinados tomando fotos del lugar”, se entusiasma Estanislao Arranz, arquitecto de la obra.

¿Cómo se explica semejante edificación en pleno barrio porteño? ¿Qué clase de gente emprende una odisea arquitectónica divina y poética, en tiempos resbaladizos donde se exige temeridad hasta para montar un kiosco?

La respuesta es: sufís. Un grupo de derviches –los místicos en el islam-, que se entregan a la voluntad divina y adhieren a una cofradía histórica e ininterrumpida originaria de Turquía. “Somos todos argentinos y formamos parte de la orden yerrahi. Una línea de sufís que fundó Muḥammad Nureddin al-Yerrahi en el siglo XVII”, cuenta Orhan Safer Al Yerrahi, referente del sufismo en Argentina, y a cargo de este aleph moderno con aires de mezquita, con ascensor, biblioteca, patio con fuentes de agua, capacidad para 200 personas y habitaciones para visitas.

¿Qué clase de edificación es esta: una mezquita, un templo, un centro cultural? “Nosotros lo llamamos tekkia. Ese es su nombre turco. Las tekkias son espacios de reunión de los sufís en todo el mundo a lo largo de los siglos. Es el oasis donde el sufí se desconecta del mundo y se conecta con Dios. Es el lugar donde se purifica y consulta al maestro sobre las instancias del camino espiritual”, explica Orhan, quien domina el árabe, el turco otomano y dirige además un sello refinado de libros sufíes –Editorial Yerrahi-. “A veces, las tekkias, en tiempos adversos, eran secretas y muros adentro. A veces, como ahora, pueden estar a la luz del día. Allí, los sufís celebran sus ritos, los ángeles descienden y los secretos se manifiestan. La gente puede venir y degustar nuestras actividades por su propia cuenta. Las puertas están abiertas a quienes buscan la verdad y quieren saber por qué están en este mundo”.

Poner un pie en Teodoro García 2851 es poner un pie en una realidad paralela donde el Barrio Colegiales se diluye como humo de tabaco: hay sabios de turbante que posan solemnes para la foto, caligrafías en árabe que atraviesan las paredes como plumas o sables o música que entra por los ojos, y la presencia viva de una tradición que, a pesar de los estereotipos, los prejuicios y el miedo generalizado al islam, aquí es ambiente de ensueño.

En un mundo donde todo es símil y réplica, plástico y pvc, pixel e impresora 3D, este caserón de Teodoro García es lo más verdadero que se pueda encontrar. Desde la fachada de terracota esmaltada, proveniente de Marruecos, labrada con la misma técnica que adorna la Alhambra -46 artesanos de Fez fabricaron, cortaron y ensamblaron estas 36.670 piezas-. Hasta el portal de más de 300 kilos a la calle, en madera de nogal, ébano, arce, peral y roble traído de Turquía -allí arriba, puede leerse: “Conócete a ti mismo, y conocerás a tu Señor”-. La puerta, obra de Mete Üge, un reconocido artesano turco, está hecha sin clavos ni pegamentos, con diseño milenario de encastres, como un niño jugando a ensamblar Legos.

Las columnas, las tallas de los techos en madera de cedro, y los bajo relieve cincelados sin moldes sobre yeso, los concibió, desde Marruecos, Adil Nadji, quinta generación de yeseros, a cargo de la renovación de la Universidad de Qarayin en Fez –la primera universidad de la historia y fundada por una mujer- y del diseño del espacio islámico en el Metropolitan Museum of Art de Nueva York.

Pronto llegarán las fuentes y mármoles de India -aún en camino en barco-, que ocuparán el patio trasero de la tekkia, abierto y rodeado de flores. Mármoles hechos a mano, piedra sobre piedra, por Ankush Bansal, el diseñador que colaboró en la última refacción del Taj Mahal.

Si en el salón principal uno voltea hacia arriba, verá el cielo porteño iluminado por una cúpula de 81 paneles: un vitreaux de China de 5.450 fragmentos multicolor, inspirado en el techo de cristal que encargó el Sultán de Brunei a una eminencia mundial del vitreaux llamada John Lawson.

De allí desciende, en cascada, la araña de luces como una expresión de las manifestaciones de Dios sobre todo lo que existe: cada luminaria lleva escrita una estrofa del Sagrado Corán donde habla justamente sobre la luz divina. Al que mira con ojos del corazón, dicen los sufis, el mensaje le llegará.

Aunque esta tekkia permanece aún cerrada al público, esperan que para mitad de año lleguen desde India, las piezas faltantes del patio y el final de obra haya sido rubricado por el Gobierno de la Ciudad. Y entonces sí: las alfombras del Cáucaso, Turquía y Persia serán transitadas, las caligrafías saboreadas, las cúpulas, el yeso labrado, la madera incrustada, el telón alucinante de la Kaaba, y la presencia de los sabios sufís, todo revivirá y girará a los ojos de las visitas, ante la mirada atónita de los parroquianos del club de enfrente, y los vecinos cuyos departamentos observan desde lo alto esa pieza arquitectónica única, divina, y llena de misterios que reúne en tres plantas el universo entero.

Si Borges viviera, él que amaba tanto la poesía sufí, sería el primero en hacer fila frente a su puerta el día inaugural, y esperar su turno para volar.

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