Hileras interminables de tumbas y tierra recién removida, la huella de la muerte por Covid en la Ciudad

Acá, en esta tierra revuelta, en las fosas preparadas para los que siguen; acá, en esta tierra atiborrada, en la sucesión de cruces  que se estiran hasta el horizonte y ofrecen dos lapsos de muerte -de mayo a diciembre de 2020 y de enero a septiembre de 2021-; acá en esta tierra popular, rodeada de panteones donde los fallecidos se agrupan por oficio -actores, policías, boxeadores y prefectos-; acá, en uno de los cementerios más grandes del mundo, en un miércoles caluroso de fines de octubre, bajo un cielo celeste sin una sola nube, la muerte por coronavirus es imposible de negar.

«Empezaron con las inhumaciones allá -dice un hombre que trabaja en el cementerio mientras señala un punto a 100 metros de distancia-. Siguieron por acá -el espacio donde está parado- y ocuparon allá -50 metros más adelante-. Llegaron a aquella esquina -200 metros a la derecha- y dieron la vuelta. Avanzaron por lo menos dos cuadras para adentro».

El sector de entierro de los fallecidos por Covid-19 en el Cementerio de la Chacarita es la expresión de una muerte masiva. Las sepulturas se disponen en hileras y en una cronología que siguió el devenir del virus: al principio fallecimientos espaciados por semanas, después separados por días, y por último sin separación: muertes diarias, con una misma fecha pintada a mano en las cruces.

«Esta zona Covid habrá arrancado, más o menos, en abril del año pasado y con los meses se fue poblando cada vez más. Antes, esto era todo verde, con el pasto bien cortado, había una paz. Ahora solo ves cruces, cruces, monumentos y cruces», enumera el trabajador que fue observando cómo  un paisaje similar al de una plaza fue convirtiéndose en un retrato de época, en una huella física de cuánto y cuán rápido aniquiló el Covid.

En estas tierras no es la primera vez que algo así ocurre. El cementerio de la Chacarita nació para recibir a los muertos de la epidemia de fiebre amarilla de 1871. A comienzos de ese año, los camposantos de la Ciudad estaban saturados con los fallecidos por cólera, la epidemia que había sufrido Buenos Aires tan sólo tres años antes. No había resto y como lugar de entierro se decidió recurrir a cinco hectáreas de un predio donde hoy está el Parque Los Andes.

Pero aquel cementerio tampoco alcanzó: a los cuatro años, a un ritmo de cientos de inhumaciones diarias, terminó clausurado. Mientras tanto la «Chacarita nueva», con avenidas y calles amplias, plazas y árboles, era zona de obra. Recién en 1887 comenzarían los entierros en la ubicación actual.

«Es muy curioso: un cementerio que fue creado para albergar a los muertos de la fiebre amarilla, ahora, 150 años después, alberga a los fallecidos de una pandemia«, dice por teléfono Hernán Vizzari, historiador e investigador de costumbres funerarias, responsable del sitio online Cementerio de la Chacarita, que fue declarado de interés cultural por la Legislatura porteña. «Parece un deja vú: la historia actuando como recordatorio. Dentro de un cementerio que nació de una emergencia sanitaria se abre un enterratorio para responder a otra emergencia sanitaria».

Bajo este sol vertical de mediodía, en este miércoles caluroso de fines de octubre, la urgencia de hacer lugar se ve en las sepulturas ubicadas donde no había -y en algunas partes aún no hay- caminos. También se reconoce en las tumbas jóvenes, en la tierra que todavía no se asentó porque hace relativamente poco fue arrojada sobre un ataúd.

Algunas lápidas rompen con la monotonía de las cruces de madera clavadas en la tierra. En las cruces hay rosarios y camisetas de fútbol, estampitas y globos, flores frescas y flores de plástico. En las lápidas también hay fotos a color enmarcadas en un óvalo y frases talladas en piedra.

«Cuando trajimos a mi papá, no había nada enfrente. Toda esa parte -Graciela señala las tumbas que se suceden en tiras- no estaba. De aquel lado, -marca un punto repleto de cruces, a 300 metros de distancia- no había más que pasto. Nos sorprendió mucho la cantidad de gente que siguieron trayendo a inhumar».

El padre de Graciela murió el 23 de abril de este año, en medio de la segunda ola de coronavirus. Tenía 74 años. Falleció en una unidad de cuidados intensivos, después de 40 días de internación.

«No podíamos ir al hospital, ni siquiera para hablar con los médicos. Todo era a través del teléfono, con un parte diario. Recién en la última etapa, cuando ya estaba intubado y no respondía, me permitieron verlo dos veces», dice Graciela y su madre, que está parada junto a ella, habla por primera vez: «Pero yo no lo vi. Salió de mi casa y no lo vi más». Hacía 52 años que estaban casados.

Además de la madre de Graciela, está su hijo. Él dice: «No nos dejaron velarlo a cajón abierto. Y eso que mi abuelo ya tenía el certificado negativo de Covid, el virus se le había ido. Pero no importó. En la despedida éramos 10 y no nos pudimos acercar. Eso nos duele, porque ahora, de repente, se abrió todo de vuelta. Pareciera que nada pasó, que es 2019 otra vez». Mientras habla un cortejo fúnebre avanza por una diagonal del cementerio. Él se persigna. La hilera de autos se prolonga por más de un minuto.

Hoy, ni en Chacarita ni en Flores ni en Recoleta existe un cupo para el ingreso de familiares y amigos al momento de asistir a despedidas religiosas o de acompañar durante la inhumación en tierra, en nicho, en bóveda o en panteón. Tampoco en Chacarita hay un límite de asistentes para una despedida previa a la cremación. Y este martes 2 de noviembre, cuando se conmemore el Día de los Muertos, todos quienes lo deseen podrán ir a los cementerios a recordar a los suyos. Pero tan solo seis meses atrás todo era distinto.

«Mi papá era una persona sana y en 40 días se fue«, dice Graciela. «Nosotros tres -ella, su madre y su hijo- venimos a verlo todas las semanas porque para nosotros -la voz se le llena de piedras- es mentira lo que pasó».

En agosto de 2020, investigadores del Conicet reunidos en la «Red de Cuidados, Derechos y Decisiones en el final de la vida», fueron unos de los primeros en advertir el daño que la ausencia de una despedida podía generar a la hora de elaborar un duelo.

Hasta ese momento, en la Argentina y en el mundo, se había decidido prohibir a los familiares y a los allegados involucrarse en el proceso de la muerte de sus seres queridos. Quien fallecía a raíz de una infección de Covid ya no era considerado como el amigo, la novia, el hijo, la abuela, el hermano, la madre, el tío o la madrina de alguien más, sino que era visto y tratado como un cuerpo contaminante.

Para Florencia Luna, investigadora principal del Conicet, integrante de la red de cuidados en el final de la vida y directora del programa de bioética de FLACSO, todavía es incierta la magnitud del daño: «Aún no somos conscientes del rastro, de la herida colectiva que la pandemia dejó y seguirá dejando en la sociedad. Todos aquellos que perdieron seres muy cercanos, y que además no pudieron acompañar, están lejos de haber superado la angustia que un proceso así genera».

Una piedra para corporizar el dolor

¿Dónde desembocan esos duelos que no tuvieron lugar, en qué rincones de la Ciudad, en qué escenarios la pérdida humana que provocó la pandemia está expresada en forma explícita?: ¿en las fosas nuevas que se abrieron en los cementerios de Flores y de Chacarita?, ¿en las piedras colocadas en la Plaza de Mayo?

«Dejar una piedra con el nombre de la persona querida puede ser una manifestación de sufrimiento. Pero esa acción no constituye un ritual», dice la psiquiatra, experta en desastres y emergencias, Silvia Bentolila. «Durante la pandemia hubo una interrupción de los ritos funerarios y, en ese contexto, las piedras difícilmente sirvan como ritual de despedida, de cierre, porque no permiten incorporar la idea de que algo pasó, y pasó con acento en la O, es decir que pertenece al pasado».

Entonces, dice, se torna necesario apelar a otros recursos que posibiliten el procesamiento de esas muertes. «No podemos hacer como si nada. No podemos negar o ignorar lo que ocurrió. No es posible volver a una etapa previa, ‘regresar a la normalidad’ -dice Bentolila con ironía- habiendo cientos de miles de millones de muertos. Depositar el problema en forma individual, en cada familia, es una lectura errónea. Este es un problema social».

Por: Maria Belén Etchenique
Fuente: Clarin.com

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