Ferrocarril de trocha angosta a Rosario de Santa Fe

La constancia inglesa, que horada las piedras como la gota de agua y hace que se enamore de un hijo de la Gran Bretaña la mujer más enemiga de los anglo sajones, acaba de probarse una vez más, entre nosotros. El señor Santiago Temple había conseguido en 1888 la concesión de un ferrocarril de trocha angosta de esta capital al Rosario. El general estado económico del país le impidió dar principio alas obras; pero en los doce años transcurridos el señor Temple no ceió en sus negociaciones hasta conseguir el propósito que le guiaba. Para mayor solemnidad de la ceremonia inaugural, invitó al presidente de la república y a los gobernadores de Buenos Aires, Santa Fe y Córdoba, bajo cuyo patrocinio deseaba poner las obras; pero ni uno ni otros se dignaron asistir a la inauguración, sin que tal ausencia impidiese pronunciar al señor Temple un singular discurso políglota, tan entusiasta como heterodoxo gramaticalmente. Dicha oración fué pronunciada el viernes de la semana anterior, a diez cuadras de la estación Chacarita, donde se hallaban los invitados y donde el juez federal, doctor Gaspar Ferrer, recogió las primeras paladas de tierra, dándose así principio a los trabajos del ferrocarril de trocha angosta. A las cuatro y media de la tarde del día citado, las personas que debían acudir ala inauguración excepto, como hemos dicho, las personalidades oficiales que no juzgaron oportuno hacer acto de presencia partían de la estación Retiro por la línea del Buenos Aires y Rosario, y llegaron a la estación Colegiales. Allí bajaron del vagón y subieron al tranvía rural, arrastrado clásicamente por caballos, el cual se detuvo diez cuadras más allá de la estación Chacarita. Tras el pintoresco discurso del señor Temple, a que hemos aludido, y ya en el lugar designado al efecto, hizo su aparición una carretilla, de cedro barnizado que hubiera dado envidia a Pascal, el inventor de ese útil medio para transportar materiales acompañada de un pico y una pala de igual madera. D cese que el doctor Ferrer, encargado de manejar estas herramientas de trabajo, se sentía orgulloso al tenerlas en sus manos. Los asistentes á la ceremonia fueron obsequiados después con un lunch y con otro discurso del señor Temple.