Crianza con culpa en un mundo de licencias escasas, abuelos ausentes y jornadas laborales extensas

El imperativo de estos días que insta a proseguir las rutinas familiares y laborales en condiciones de aislamiento reproduce de modo más exacerbado el planteo central de “¿Dónde está mi tribu?”, el libro de la filósofa española Carolina del Olmo.

El texto testimonia en primera persona la experiencia solitaria de la crianza actual, bajo un paisaje desolador bosquejado por licencias escasas, abuelos ausentes y jornadas laborales que no terminan nunca y, en especial, por “la pérdida del sentido de tribu que hacía posible descansar en un otro, cuidar a los ajenos y vivir bajo un sentido de pertenencia comunitaria”.

“Somos una generación de padres que deben lidiar todo el tiempo con la culpa. Con una vida como la que llevamos, es difícil estar a la altura de lo que en el fondo sentimos que deberíamos estar haciendo. Lo que necesitamos es recuperar una suerte de red, un tejido social que nos proteja y nos ayude y en el que aprendamos a apoyar, a cuidar, una instancia que obviamente va más allá del cuidado de los niños”, destaca Del Olmo en diálogo con Télam.

Las objeciones de la filósofa alcanzan también a algunos de los protocolos de aislamiento impuestos en estos días por el gobierno español, en especial ante el efecto posible que el encierro tendrá sobre la población infantil.

“En España hay un disgusto creciente en torno a la desatención a la infancia. Quizá lo más seguro sea que los niños no salgan en absoluto de casa, quizá las medidas sean por su bien, pero no se está argumentando ni transmitiendo bien esa información: se permite que salgan los perros a pasear, pero no los niños, muchos de los cuales viven en situación de hacinamiento, en sótanos o pisos interiores con poca luz del día, sin balcón”, cuestiona.

“No estoy diciendo que se deba permitir salir a los niños, ojo, no puedo estar segura. Pero sí digo que la impresión que da es que no se ha pensado en ellos ni por un momento, que se han considerado ciudadanos de segunda desde el comienzo de la crisis”, aclara.

De Olmo batalla contra la persistencia de paradigmas ya caducos que no contemplan la actualidad de mujeres cada vez más empoderadas en el mercado laboral que a pesar de contar con compañeros más activos en el rol de crianza todavía sienten que el cuidado de los hijos recae mayoritariamente sobre ellas en un mundo que retacea las opciones para delegar su cuidado.

“En cuanto a lo de mujerizar a los hombres: se está avanzando muy poco, aunque al menos comienza a oírse cierto runrún al respecto y eso ya es mucho. Hay que tener en cuenta que reclamamos cambios en uno de los terrenos más estables a lo largo de la historia y a lo ancho del mundo: la especialización de las mujeres en el ámbito de los cuidados es casi un universal antropológico… Como decía una frase que se popularizó aquí en España: vamos despacio porque vamos lejos”, argumenta Del Olmo.

“De momento, seguimos con la idea de que las niñas necesitan referentes para romper sus límites y acceder a todo tipo de espacios, profesiones, cualidades etc. que se les ha negado de un modo u otro. Esto es muy positivo, claro. Pero el otro cambio, el que permita a los niños pensar en sí mismos como cuidadores (padres, enfermeros, maestros de infantil…) es fundamental. supongo que requiere un cambio de idea bastante profundo, también dentro de ciertos feminismos”, prosigue.

“Todo el mundo entiende que no poder ser ingeniero o astronauta, no poder jugar a fútbol o llevar pantalones, son limitaciones. En cambio, mientras sigamos concibiendo los cuidados como una carga desagradable, va a ser muy difícil convencer a la gente de que las limitaciones que encuentran los hombres para habitar a fondo el mundo de los cuidados (con derivaciones secundarias de los más variopintas, como ser capaces de establecer relaciones significativas, sinceras y empáticas con los amigos, ser capaces de llorar sin culpa, coser…) son también limitaciones. Y yo estoy convencida de que lo son”, concluye Del Olmo.

Fuente: TELAM